¿Es presuntuoso Catar un vino?

Imaginaos que estáis observando a una persona sentada en una mesa con una copa de vino recién servida:

levanta la copa, mira a través de ella, la baja y la inclina, pone una servilleta o un papel blanco debajo para volver a mirarla desde arriba, ladeando levemente la cabeza; luego mete la nariz en la copa, la saca, agita el vino, vuelve a meter la nariz, cierra los ojos, suspira o hace algún otro gesto para, finalmente, llevarla a la boca, beber un poco, paladear durante unos segundos (o incluso insuflar aire) y esbozar una ligera sonrisa tras haber tragado el vino…

Bar con gente sentados en toneles

Visto así, desde fuera, para los que nunca habéis catado un vino, probablemente os parezca una persona presuntuosa o snob.
Pero nada más lejos de la realidad. Dicha persona estaba realizando un análisis organoléptico del vino con todas sus fases, es decir, la visual, la olfativa y la gustativa, lo que se conoce como catar de vino.
Una vez que el vino está embotellado, etiquetado y cumple con todos los parámetros de calidad de cada consejo regulador de su zona de origen, es en la cata donde encontramos la única manera de constatar personalmente la calidad de un vino. Todo lo demás son conjeturas.

 

Será nuestra experiencia en la cata y en el maridaje la que nos guie a la hora de elegir un vino.

 

Por eso es muy importante para el consumidor saber todo lo más posible (bodega, variedad o variedades de uva, añada, tiempo de crianza si la tuviera, zona de origen, etc) antes de comprar o pedir la botella en la tienda o en el restaurante.

Pero una vez abierta, nuestros sentidos cobrarán especial relevancia para poder valorar la calidad del vino.
Por lo tanto, si hacemos una cata de un vino con naturalidad, concentrados en nuestros sentidos y alejados de la presunción, podremos valorar, sentir, disfrutar y compartir sus sensaciones.

Pablo Sampedro

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